viernes, 11 de septiembre de 2009

Javier Naranjo: PARA INTENTAR LIMPIAR LA MIRADA


Por: Javier Naranjo
Javier Naranjo nació en Medellín en 1956. Poeta, director de talleres de poesía y Ex-director de la Casa de la Cultura del Carmen de Viboral. Ha publicado los libros de poemas: Orvalho y Silabario. El libro "Casa de las estrellas" (proyecto ganador de una beca de creación del Ministerio de Cultura de Colombia"), está compuesto por definiciones poéticas de conceptos e imágenes elaboradas por niños. En este libro, "Casa de las estrellas", ha recopilado su trabajo de varios años como coordinador de talleres de estimulación poética, dirigidos a niños, en su mayoría del oriente antioqueño. Actualmente trabaja con el proyecto "Mil Maneras de Leer", de la Secretaría de Educación Departamental y Cerlalc (UNESCO). Participó en el Festival Internacional de Poesía en Curtea de Arges (Rumania), 2001.

“COMIENDO POESÍA
La tinta se resbala de las comisuras de mi boca.
No hay felicidad como la mía.
He estado comiendo poesía.

La bibliotecaria no cree en lo que ve.
Sus ojos están tristes
y camina con las manos en los bolsillos.

Los poemas ya no están.
La luz es opaca.
Los perros están en el sótano y suben.

Sus ojos se desorbitan,
sus blancas patas queman como la maleza.
La pobre bibliotecaria se pone a patear el suelo y llora.

Ella no entiende.
Cuando me arrodillo y lamo su mano,
ella grita.

Soy un hombre nuevo.
Le gruño y ladro.
Retozo alegremente en la libresca penumbra.

Mark Strand”


1
Estoy pequeño, tengo gafas de carey y voy en un bus con mi mamá. Las letras aguardan, están por todas partes. Giro la cabeza frenético, desespero por descubrir sentido en los avisos públicos, en los dibujos, en los colores y en las formas que hace apenas unos pocos días descubrí. Ahora el mundo tiene algo nuevo. Tiene algo que escapa y que trato de descifrar. Detrás de la realidad hay otra realidad, escondida y secreta entre las letras.

Ahora recuerdo y lo interpreto con mirada de adulto, no tengo opción. Yo soy otro. Veo al fondo ese niño perdido y absorto en el bosque de símbolos que señaló Baudelaire. Veo, casi siento al niño fascinado y atónito. Y en verdad era yo (eso me asombra), con la cabeza febril intentando unir las letras, pues el bus iba demasiado rápido para atar bien el lenguaje. Además yo no veía bien, mi ojo izquierdo nació limitado y torcido. Un ojo extraviado que iba por otro lado distinto a mi camino y con un velo. En la calle, de la mano de mi mamá, no ponía atención a la gente. El día y la noche eran letras en las que quería encontrar un sendero por el que pudiera ir tanteando con mis pocos años.

Pasa el tiempo, ahora estoy arrodillado en el suelo frente a mi cama con un libro de Emilio Salgari y mi almuerzo, puestos uno al lado del otro. Al mediodía llego del colegio y voy a oficiar mi diario ritual. Mis papás se quedan en la mesa y respetan mi pequeña ceremonia. Engullo mi comida mientras navego con Sandokán el pirata y combatimos juntos a los adoradores de la diosa Khali, a los temibles estranguladores Thugs. La selva está llena de sonidos de miedo, de ruidos de los pequeños y grandes animales. Acechan los tigres de Bengala y las estrellas se vislumbran. Blanquea como hueso un palacio, donde Mariana la perla de Labuán me espera en un balcón florecido. Un lazo de seda se tensa, aguarda en la espesura. Ni me doy cuenta de lo que como, porque debo ir concentrado y en sigilo por la selva y los pantanos del Brahmaputra. Por favor, díganlo en voz alta, saboréenlo…El Brah-ma-putra, y entenderán porque la comida no importaba. El tigre de la Malasia, Mompracen. Mompracen, Tremal Naik. Palabras, sólo palabras, pero ¡ah!, cómo sabían cuando se masticaban en la boca. Ninguna comida podía ser más deleitosa que la reverberación de esas palabras en el paladar y sus ecos en el corazón

Necesito esos libros, no los puedo soltar. Pero hay una dificultad: los libros no son míos, mis papás no pueden comprarlos, un muchacho vecino me los deja leer con una condición: yo tengo que llevarle revistas de caricaturas, de muñequitos, como nosotros las llamábamos. Un amigo me presta las revistas que devoro, leo por toneladas a Archi y sus Amigos, el Pato Donald, Tío Rico, Tarzán de los Monos, El Llanero Solitario, Hopalong Cassidy, Batman, Superman. Las entrañables revistas de Editorial Novaro. Las leo y cuando las termino las presto al tratante de libros, para que me deje disfrutar por unos días sus tesoros. Padecí su tiranía, pero así conocí a casi todo Salgari, hasta que mi padre en mi noveno o décimo cumpleaños me dio de regalo un carné de La Biblioteca Pública Piloto, y empecé a leer también a Julio Verne que me gustaba menos porque sus descripciones me cansaban un poco. El niño que yo era necesitaba acción y aventuras, y no podía detenerse mucho en el paisaje.

Leí a Jack London, a Rudyard Kipling, La Isla del Tesoro, recorrí con Tom Sawyer los recodos calurosos del Misisipi. Leía todo lo que caía en mis manos: recetas de cocina, volantes que llegaban a la casa, los periódicos de mi papá.

2
Ahora visita estas páginas un niño de once o doce años al que le hicieron una cirugía del ojo para corregir el estrabismo. Esa noche yo llegué a casa de la clínica y antes de dormirme entró a mi pieza un esqueleto. La puerta se cerró de golpe y en una silla donde mi madre ponía la ropa planchada, un oso y un tigre sentados me miraban. Y así fue noche tras noche, entre mi espanto y la incredulidad y extrañeza de mis padres. Yo no podía dormir, la luz del corredor permanecía encendida para tratar en vano de ahuyentar las terribles visitas.

El médico dijo que había sido un exceso de anestesia. Mi papá trata de aliviar mi terror y se sienta en mi cama a leerme historias. Recuerdo vagamente el relato de unos exploradores en una selva; sus noches azarosas mientras intentaban encender el fuego protector y ponían hamacas y mosquiteros en los árboles. Era una fronda espesa donde llovía día y noche, era húmedo, muy húmedo, y todo se entrapaba. Mientras tanto, entre el adormecimiento y una vigilia que no podía remontar, yo escuchaba a mi padre
y casi de madrugada lograba entrar al sueño y me iba a acampar con los aventureros en la selva antiquísima.

Leí buena parte de mi infancia y adolescencia. Una adolescencia ahora contrariada con mi padre, pasada casi en soledad y silencio y unos pocos amigos. Devoré de todo: revistas de Selecciones, casi todo Herman Hesse, Edgar Allan Poe, filosofía, cuentos, novelas, ensayos, un poquito de historia, pero no podía con la poesía, porque eran palabras complicadas que no entendía, escritas todas de para abajo. La poesía estaba hecha con palabras rebuscadas y antiguas, que a diferencia de las historias de aventuras, no me invitaban a nada y no me decían ni encantamiento ni misterio.

3
Y aquí se liga la lectura a la escritura: en quinto de bachillerato un compañero me mostró un poema que había escrito y que me impresionó, porque con las palabras más sencillas dijo cosas que me tocaron. Quedé pasmado. Pensaba que todos los escritores habían muerto, que todo el que pudiera escribir algo digno de ser leído por los otros, debía de estar muerto. Le pregunté que cómo había hecho y él me dijo que simplemente escribiera lo que tuviera necesidad de decir, que en esas cosas de pronto habría poesía. Esa noche empecé a escribir, a emborronar unas palabras que se apareaban de mala gana, palabras mal avenidas, que pasados los años aún trato de que dóciles quieran juntarse unas con otras. Encontré que la poesía no está hecha de palabras, sino que a la poesía intentan contarla las palabras. Que ella se halla en los buenos cuentos, en las novelas, en tantas cosas que hablan de verdad y belleza sin eludir lo terrible. Que la poesía palpita en el mundo y también en la manera como lo ocupamos.

Revelación de la condición humana, las palabras son testigos de ese habitar sagrado del instante y a veces…sólo a veces, en un poema hay poesía. Decía José Manuel Arango que la poesía es eficaz porque nos cambia. La poesía no es sólo un género literario, ni un producto de academia, ni la búsqueda de reconocimiento, no es un diploma para exhibir en los grandes salones, no es alimento para engordar el ego, ni es una catapulta al éxito.

Dice Chantal Maillard que “Ciertamente, el verso se "saborea". Y esto, el sabor, al que los filósofos de la India llamaban rasa, es algo que viene dado por la buena elaboración, por la sabia combinación de los ingredientes”.Y comencé como en el poema de Mark Strand a comer, a beber, a leer poesía. Salía con los amigos a los parques a tomar vino y a leernos. Leímos a Khayam, a Octavio Paz, Una Temporada en el Infierno de Rimbaud, Los Elementos del Desastre de Álvaro Mutis. En esas noches y esos días de fiebre nos llegaron tres libros esenciales: Combate del Carnaval y la Cuaresma de Raúl Henao, Este Lugar de la Noche de José Manuel Arango y Memoria del Agua de Juan Manuel Roca. Nos hechizaron también Porfirio Barba Jacob, Aurelio Arturo y Jorge Gaitán Durán. La palabra insaciable y desolada de Alejandra Pizarnic, la poesía aguda y reflexiva de Roberto Juarróz, Saint John Perse y su palabra inflamada. Cuaderno de un Retorno al País Natal de Aíme Cesaire con su voz imperiosa capaz de crear. Todavía recuerdo la fuerza de su voz:

Me levantaré un grito y tan violento
que todo yo salpicaré el cielo
y con mis ramas recortadas
y el chorro insolente de mi fuste herido y sangrante ordenaré
a las islas que existan

Pienso que para ser un escritor de verdad, se necesita un gran rigor, diversos saberes que tejan relaciones para nombrar el mundo con mayor riqueza, una disciplina que levante horarios hasta del “sagrado” desorden, un amplio conocimiento de la tradición y la historia del idioma en el que se escribe y por supuesto, por encima de todo tener el duende…el duende al que según García Lorca hay que “despertar en las últimas habitaciones de la sangre”.

Vistas (con ojo y cuarto) estas consideraciones, me queda grande el titulo de escritor. Me parece que ser escritor entraña muchas más cosas de las que he hecho o he podido hacer. No tengo horarios, me faltan el rigor, la disciplina y el conocimiento…y de los duendes….no los he visto, pero dicen que como las brujas…”que los hay, los hay”.

Los nombres complicados de los tiempos verbales nunca me gustaron, ellos fueron acíbar en la boca. No sé que es el sintagma nominal, ni el adyacente preposicional. La ortografía me llegó del trazo de las palabras, de su disposición en la hoja en la que debe haber armonía.


Ahora tras los años, pienso que lo que buscaba mientras leía todo el tiempo cuanto libro se me atravesaba era saborear, sentir la poesía. “Ese caracol donde resuena la música del mundo” según Paz. La poesía latiendo en tantas voces que trataron de limpiarnos la mirada, para poder entender este mundo fascinante y dolido. La habitación desordenada que llamamos realidad.

4
Mi formación, si así puede llamarse, es caótica. Creo que tengo grandes carencias, no he leído tantas cosas que se supone debía conocer…que se supone… Sigo leyendo de todo, sin orden, sin concierto y sin horarios. La verdad es que aún no sé qué árbitro severo juzgará sobre lo que sé y lo que ignoro. Hay tanto por leer y esto que hace años me angustiaba, ahora no me importa. Camino, leo, como, escribo. Intento que todas sean acciones naturales que no se deben a nada ni a nadie. Gestos que ocurren simplemente como lo fisiológico, respondiendo a las urgencias de lo que se llama cuerpo, espíritu, mente…y tiene nombre propio y es mixtura. Jean Cocteau dijo que un poeta es alguien que sin ser escritor, escribe. Yo estoy de acuerdo. La poesía es una gracia que quizás te llegue, si pudiste estar atento, si supiste contemplar (entrar en templo), que como escribe Denise Levertov es observar la realidad pero en presencia de un Dios. La poesía como una epifanía, donde las cosas mínimas y cotidianas adquieren un brillo de nítida revelación.

La poesía no se hace, es algo que sucede. Sin embargo no creo que el poema deba dejarse tal como surgió. Esa “isla” hecha de lenguaje, que emergió súbita a la conciencia, y que casi siempre es un pequeño bloque de palabras, una imagen, dos o tres frases que imantan un contenido oculto…ese pedazo de tierra náufraga, cobra forma y sentido a medida que el alfabeto y los silencios se retuercen y se modelan con toda paciencia, para que quede –ojalá- el poema desnudo de artificios, pleno de poesía. Pero en esas tierras desconocidas siempre estamos medio perdidos, viendo como las palabras nos rehúyen, mientras vamos sonámbulos y pasajeros.

Termino con uno de mis poemas, confiando en que ojalá –voto a los dioses-, contenga poesía y en todo caso sea al menos un testimonio de mi asombro, mi agradecimiento por tantas cosas del mundo, y la pulsión de mi mano que ha querido ser amanuense, testigo.


ORDEN MUDO
Atención extrema a lo que se oye
y al cuidado máximo
puesto en el olvido de sí mismo.

Emilio Adolfo Westphalen.


Afuera sobre el mantel de la mesa hay insectos muertos. Los cojo y los arrojo al suelo, no sea que en el orden mudo de la superficie, su muerte disuene. Cierro la puerta, me persigue el afuera que acabo de ver en todo lo que titila lánguido y empecinado. En los bombillos que defienden y guardan a las casas de toda acechanza de lo oscuro. Cierro la puerta, la noche se arrastró conmigo, hincó su diente mórbido en mi pierna y ahora está al lado y mueve su cola. Doy vueltas en los cuartos, pongo música, suena algo delicado, veo los cuadros, el caminar de todo lo que entrega sentido: Yo

Quiero tener momentos de comunión y que escribir sea un accidente. Las flores en las escalas, la sala sombría cuando nadie la habita, la sala que reclama. Los trastos en la poceta, luces. Todo lo que es voracidad.

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