viernes, 11 de septiembre de 2009

Carlos Carabeto: MIS LECTURAS



Por: Carlos Carabeto
Carlos Carabeto. Nació en Medellín en 1952, ciudad donde ha residido casi toda su vida. Ha publicado cinco poemarios: Bija (Ediciones Otras Palabras, 1999), Saloma (Ediciones Otras Palabras, 2001), Alternancias (Los Lares Casa Editora, 2003), Contante y sonante (Los Lares Casa Editora, 2005) y Puerto Ulises y Otros Poemas (Cofradía de Coyotes, 2007). Colaboraciones suyas han salido en varias entregas de la revista Interregno (el número 16 recoge una muestra de su obra reciente) y en el suplemento Imaginario del periódico El Mundo. Ha hecho revisita de sus tres primeros títulos (que recoge en dos poemarios donde se agregan nuevos textos), inéditos también una novela (de próxima aparición), otro libro de poemas y una investigación sobre música popular.


El saber, de por sí, no es sino una presencia pasajera: un nuevo saber echa al antiguo y, al fin de cuentas, es sólo verter la nada en el vacío. El saber no es sino la memoria automatizada de una suma de palabras aprendidas en cierta secuencia.
[…] La comprensión es la esencia de lo que se obtiene a partir de informaciones intencionalmente adquiridas y de experiencias vividas por uno mismo.
P. Giovanni
I
No fue mi infancia una con influjos intelectuales o artísticos, tampoco tuve una atmósfera cercana que fuera —pudiéramos decir— propicia para que se estableciera en mí un temprano asombro o inicio ante la palabra escrita.
En casa (y en las de los familiares) no hubo una biblioteca para descubrir y explorar. Había, sí, algo para “mirar”, por lo general libros que resultaban por obra y gracia de algún regalo. En el “inventario casero” se destacaban uno sobre pintura en la Edad Media y otro sobre simbología cristiana, ambos con extrañas estampas. Y, por supuesto, una edición del Quijote —en cuatro tomos, con ilustraciones de G. Doré—. También un diccionario enciclopédico de veinticinco tomos para ayudar a las tareas escolares, profusamente ilustrado... Y pare de contar.
No recuerdo que de niño se me hubiese leído un cuento —incluso contado uno para irme a dormir o para entretenerme—. La televisión comenzaba su fuerte influjo como sustituta. Mis primeras “lecturas” —entre los siete y los doce años— estaban tremendamente condicionadas por las ilustraciones y la imagen en movimiento: desarrollé una gran memoria visual con la televisión, habilidad que se afianzó cuando comencé a ir a cine —funciones dobles, de cine continuo, los fines de semana—. Los cuentos clásicos, en ediciones bellamente ilustradas llegaron con la Primera Comunión, igual que las aventuras de piratas y espadachines y de descubrimiento de lejanos mundos —Alejandro Dumas-padre, Salgari, Verne— cuyos libros apenas hojeaba puesto que venían con muy pocas ilustraciones. Para entonces ya consumía mucha revista de historietas: las de vaqueros, Superman y demás superhéroes, Disney y similares, Tarzán, Vidas Ejemplares, etc., A los 13 ó 14 años, cuando de manera personal —sin influjos de nadie ni de nada— se me hizo insoportable el planteamiento de tales historietas, rompí de tajo con toda esa sarta aunque sin conceptualizar sus maniqueísmos de buenos vs malos, blancos vs indios, superiores vs inferiores, santos vs pecadores. Lejos aún de tener una posición política o de haber adquirido una consciencia social o de haber contextualizado el fenómeno de la llamada “penetración cultural”. Para entonces vivía “entretenido” e inmerso en mi parroquial mundo. En el colegio, el tiempo libre, a mañana y tarde, era para el fútbol. Las tareas imponían cierta lectura obligatoria y cada libro o autor se convertía en una suerte de “ladrillo” medio aprendido mas nunca digerido. El pensum contribuía con creces a que uno no viera más allá de las narices, a que no nos cuestionáramos nada: la historia oficial de conquistadores, héroes, próceres y mártires: amañada y lacrimosa como ahora. Un contacto tangencial con la poesía llegó (y pasó de largo) a través de Julio Flórez-negras, de Epifanio-novillo muerto y de Gregorio-del maíz, y algo menos —por su talante de bichos raros, según el profesor— de Barba y León. Se la declamaba y la leían en tono veintejuliero volviéndola harto soporífera. Mis primeros verdaderos asombros con la poesía llegaron con un recital de la declamadora argentina Berta Singerman (asistí a tres a lo largo de mi adolescencia) pero la poesía, como tal, tardaría mucho en tomar cuerpo en mí, en ser entrañada.
Arranqué a estudiar “carrera” que era el sueño de mis mayores. Mis inicios universitarios fueron un completo desubique, la universidad la terminé con dificultades: hice de las materias en sí un complemento no un fin, y lo que me fue alimentando
—más— de ese medio que se me hizo extraño fue que lo volví ambiente propicio para desaprender y entender de otras maneras un mundo con el que crecía y vivía. A los comienzos de la U tuve un profesor de Historia Económica, nada conductista, que me abrió los ojos y permitió que comenzara a leer reflexivamente y a tener nociones en contexto. Y, también en la U, conté con dos condiscípulos: uno que hacía teatro y le gustaba leer narrativa y otro que era melómano consumado, apasionado por Beethoven. Los tres coadyuvaron a una inyección despertadora. Lo que siguió ya fue por mi cuenta, iniciando una lenta pero progresiva inmersión en las palabras, y un acercarme a otras dimensiones de la imagen y de la música. Asuntos que no han dejado de nutrirme y que procuro retribuir. La universidad pues, fue indispensable por lo que me sucedía al margen de los estudios: los vínculos interpersonales adquirieron otro cariz y cada uno a su manera iban permitiéndome continuos y pequeños grandes descubrimientos.
Tan pronto terminé aquel desaprendizaje-aprendizaje busqué la manera de irme lejos, a conocer mundo. Viajé mucho. En el fondo era ir en búsqueda de algo que, con el tiempo, supe sólo podía encontrarlo dentro de mí. La geografía, los libros, cierta música y arte, y ciertas personas —poquísimas, pero amistades definitivas— y lo que he ido vivenciando, más el don de sentirme y seguir vivo me generan nuevos necesarios retos y compromisos. Y aunque siento que me quedo corto —no en tiempo, sí en intensidad y calidad— mantengo vivas las aspiraciones de proseguir. El entorno se merece siempre más de nuestra parte, hasta el final.

II

Hoy día vuelven y juegan dos viejos cuestionamientos: “que las nuevas generaciones no leen, y que estas están apresadas por el embrujo tecnológico”. Se nos olvida o no nos damos cuenta que siempre, antes y después del invento de Gutemberg, se ha leído poco, y que una tecnología no es dañina por si misma sino por la formas de relación y uso que establecemos. Por ello, más que cuestionar a los jóvenes y a la tecnología en si misma, cabría discernir sobre los postulados del Reino de la Cantidad, soterradamente excluyentes para todos: jóvenes y adultos. Reino que opera, por ejemplo, a través de su muy en boga aparataje global de “inclusiones” culturales, otra sutil estrategia para que no se piense ni se cuestione, para que nos ocupemos de asuntos no esenciales. Encantar y domesticar, dos premisas para el fomento de actos compulsivos, como por ejemplo el consumismo.
Leer. Verbo que, en algún pasaje de nuestras vidas, gran parte de las personas llegamos a creer se reduce al acto de enmarcarse y hacerse cargo—por precepto o por hábito— de significaciones y códigos establecidos. O, que ya leemos por el mero hecho de alcanzar y exhibir estupendas habilidades técnicas al momento de articular, modular o “perifonear” cualquier interpretación de la realidad.
Hace muchos años, mientras le compartía a un amigo mis impresiones sobre una película, y de paso le recomendaba que no se quedara sin ir a verla —ocupábamos una mesa situada al fondo de un reconocido sitio de tertulia, mesa desde la cual él podía visualizar todo el lugar y, también, observar el movimiento de la calle—, con una pequeña gran sonrisa me respondió para… remarcar con estas palabras: “Carlos, ahora mismo que estás —literalmente— de espaldas a lo que para mí es La Película a observar, convendría que a esta otra le prestáramos tanta atención como nos sea posible. Ojo, por real que parezca, ésta tampoco está exenta de ficción. Por ello mismo, a mi modo de sentir —puntualizó— se me hace que con sus retos puede aportarnos más”.
Traigo a colación este episodio que, para mí fue una verdadera lección, y el cual me llevó a cuestionar y reconsiderar las maneras de estar “leyendo” mi circunstancia. La lectura es percepción con todos los sentidos, no es sólo el acto de aplicar la visión del ojo o del oído o de la piel, y con el concurso de la mente, del sentimiento y del instinto “calcar” imágenes. La Vida, principiando por nuestro propio cuerpo —todo un contexto— es el Libro a leer. Lo que se puede observar al interior de Sí, además de nuestra mecanicidad en acción permanente, es que todo aquello que señalamos en los demás convive en uno. ¡Esto nos incomoda e inquieta sobremanera! Ni tan despiertos ni tan autónomos como nos creemos. ¿Lo nuestro? Casi siempre: brazos que abrazan sin sentir; manos y mejillas sin nervio; oídos que oyen sin escuchar; ojos que miran sin observar; narices que olfatean sin oler; bocas que mastican y tragan sin saborear.
Por ello, cuando se me planteó el tema para este evento: compartir impresiones sobre mis lecturas o escritores preferidos, tuve claro que no quería hablar de obras o autores en particular sino de actitudes y prácticas que desde su labor han sido iluminadoras para mí quehacer, bien por hallazgo personal o por interpuestas personas.
Hablar pues de autores determinantes o de libros específicos se me hace difícil. Los hay, y varios. Son muchos los aspectos y rasgos que marcan. Una imagen en un poema, una mirada, una pincelada, unas notas musicales, un gesto, alguna idea compendian y rescatan el innúmero trasegar de seres en su brega de expresarse y compartir.
Buda nos dice: “No se guíen por lo que le oigan decir a otros, ni por la Tradición, ni por meras afirmaciones, ni por las revelaciones de los libros sagrados, ni por abstractas deducciones lógicas, ni por métodos sólo deductivos, ni por razonamientos basados en apariencias, ni por opiniones o suposiciones establecidas; no se guíen por fenómenos aparentemente reales, ni por las palabras de un asceta o de un maestro. Pero si ustedes mismos llegan a comprender que esto que les digo es equivocado, que esto es irrecusable, repruébenlo entonces. Si, por el contrario, comprenden que esto es justo, que esto es cierto, que esto puesto en práctica, es fluidez y gozo para ustedes y para otros, entonces acéptenlo y vivan conforme a ello”.

III

Tu armazón
muestra como campea
nuestro atávico estar. Nada distinto eres
al país de nuestros cuerpos:

Componentes de anhelos, credo y consolación
conforman las amalgamas
con las que azogamos
el cristal del ojo,
condicionando las sensaciones
de lo que
en lo entraño (desde Sí) y
en lo extraño(desde lo otro)
se produce

Todo aquello, Globo,
que por más que miremos no percibimos.

Y espejear, fantasmar…
Y aojar, ojear…

En el extravío, despoblados de Sí (de ti)
pregonamos:
“Olvidos. Recuerdos.
Se venden. Se compran.
Se truecan”
. . .
¿Leerte sin leernos?

De este poema, titulado “Globo Pregón”, la pregunta se expande. El acto de leer como el de escribir son una mutua-doble vía: cada uno implica —ante todo— leerse a sí mismo, si no uno y otro son actos fallidos por más destreza técnica que despleguemos. Brego por mantener un estado de alerta, me he dado cuenta que cuando me siento cómodo es porque he bajado la guardia y se ha disipado mi atención, además ésta es señal inequívoca de que varias fórmulas efectistas me asaltan. Lo que obliga a replantear las maneras de afrontar la observación de Sí y el acto de leer para abrirme a sopesar otras interpretaciones de la realidad, ¿las que están a mi alcance? Lecturas que, día tras día, son el alimento y el combustible. Lecturas para situarse en la ecuménica correlación de los contrarios. Y, Lecturas, para desarrollar las potencias de un desnudarse, de un desapegarse, de un desaprender, de un desobedecer vital.

En otro poema, titulado “El Alimento” digo:

[…]
para esto de entrañar lo del Misterio todo
—y asumir serlo— no nos vale
aceptar respuesta alguna,
creer a pie juntillas,
especular o hacer conjeturas. Sólo…

¡Sea, sí!

Tratar de nombrar sin dejar de preguntarse.

Y así, en “El Crisol”, me pregunto:

¿Sólo
con éste instituido afuera de la palabra
expresar la sustancia de las cosas
y de nuestra Cosa?
. . .
En esta Cosa nuestra
de apéndices llena

en donde impera
validar
la domesticación del ojo

y ejercer
la de la palabra

¿creación o más creencias?
¿lengua o lenguajes mil?
Medellín de Aburrá, julio-agosto de 2009

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