viernes, 11 de septiembre de 2009

Gilberto Martínez: Mis primeras lecturas



Por: Gilberto Martínez A.
Gilberto Martínez. Médico y dramaturgo colombiano, nació en Medellín, Antioquia, el 24 de marzo de 1934. Estudió Medicina en la Universidad de Antioquia y se especializó en Cardiología en la Universidad de California. Realizó una maestría en Artes Escénicas en La Universidad Autónoma de México, y así, su mayor reconocimiento lo ha alcanzado como uno de los dramaturgos más significativos de Medellín.
Fue Secretario de Educación Municipal, profesor en la Escuela de Artes de la Universidad de Antioquia y profesor de Cardiología en la facultad de Medicina de la misma universidad. Fundador de la Escuela Municipal de Teatro, miembro de la Asociación Interamericana de Escritores y jurado en varios festivales nacionales e internacionales de teatro.
Actualmente es el Director de la Casa del Teatro de Medellín y colaborador de la Revista Teatro. Entre sus principales obras, se encuentran: El grito de los ahorcados, La Guandoca, y Justicia, señor gobernador.
Ha sido galardonado con el título de Maestro Honoris Causa en Arte Dramático por la Universidad de Antioquia y con la distinción Hombre de la Cultura, de la Gobernación de Antioquia. Actualmente reside en Medellín.

Aprendí a leer mientras pegaba estampillas y penetraba por mis fosas nasales el fino y penetrante anisado del aguardiente que mi abuelo se echaba entre pecho y espalda, después de llegar del trabajo del almacén de abarrotes que tenía, si no estoy mal en Cundinamarca con Colombia; a nuestra casa en Girardot # 53-60, en el actual Parque del Periodista, próxima a hacer un hotel residencial. Vaya paradojas.
– “Ayúdeme mijo, (voz ronca y autoritaria pero plena de dulzura de abuelo) y así aprenderá a soñar con los mundo que representan las estampillas y después escoja un libro para que vuele por desconocidos lugares y viva la vida de otros seres que no conocemos, pero con los cuales nos gustaría compartir sus aventuras”.
La parte de la biblioteca de mi abuelo materno que más me gustaba era una especie de estantería romboidal de madera, que giraba y giraba con dificultad cada que mi mano infantil lo deseaba para poder mirar, en panorámica rápida pero certera, los títulos de los libros que allí reposaban.
Allí estaban El Quijote de la Mancha de un tal Cervantes. Me deleitaba viendo los dibujos de Doré. Empezaba a leerlo y al poco tiempo lo dejaba. Ese lenguaje... me era difícil entenderlo.
Mi mano asía con más fruición, a pesar de los gruñidos de desencanto del viejo abuelo; los folletines de Eugenio Sue y los libros acerca de la zaga de “Los Tres mosqueteros”, “Veinte Años después” y “El Vizconde de Bragelonne” de Alejandro Dumas; que se convirtió en mi favorita.
Recordemos el primer tomo: El joven D’Artagnan abandona su lugar natal, Gascuña, para dirigirse a París, donde quiere entrar al servicio del Rey Luis XIII. Allí, en la ciudad luz, se bate con Athos, Porthos y Aramis, los tres mosqueteros, quienes se convierten en sus amigos. Gracias a su valerosa actuación en el asedio de La Rochelle es aceptado en el cuerpo de los mosqueteros. Se ve envuelto en intrigas palaciegas y lucha con el poderoso Cardenal Richelieu y Lady de Winter, también conocida como Milady. Para salvar el honor de la Reina Ana de Austria puesto en peligro por una intriga del Cardenal que quiere poner en evidencia la relación amorosa entre la Reina y George Villiers, el duque de Buckingham, los mosqueteros emprenderán su aventura más peligrosa, que los llevará hasta Inglaterra
Soñaba con ser un espadachín diestro que salvaba a mi madre de las fauces de animales prehistóricos en planetas y mundos acuáticos, nunca antes imaginados por ser alguno. Mezclaba las Aventuras de Flash Gordon y Crash Corrigan en El Imperio Submarino, del cine; con las de los personajes de Dumas. Aún sigo leyendo a Dumas.
“Los misterios de Paris” de Eugenio Sue. Este autor entró en la historia de la literatura como uno de los creadores de la novela por entregas, publicada en los diarios, y como autor de la novela quizá de mayor éxito publicada en un periódico: Les mystères de Paris. Publicada por entregas en el periódico Le Courrier Française (1845), pretendía describir con toda veracidad los bajos fondos del París de la época. En la actualidad me río cuando leo que la obra que me conmovía hasta los tuétanos era un “Melodrama folletinesco, donde los malos son malísimos y los buenos dechados de virtud que tienen que hacer frente sin sucumbir a las malas mañas y a las tretas de los pérfidos que buscan su ruina. Y luego está lo intermedio: los malos que, ¡oh milagro!, hacen examen de conciencia, se arrepienten y se pasan al grupo de los buenérrimos. En fin, personajes planos y con pocos matices, propios del género y de la época”.
“Los Miserables” de Víctor Hugo. Esta obra era una de mis preferidas. La historia del “malvado buen hombre” Jean Valjean. No puedo menos de recordar la escena cuando el héroe transita por las cloacas de Paris con el joven revolucionario a su espalda (amado de su hija adoptiva, Cosette: Marius Pontmercy), huyendo de su perseguidor implacable: el inspector Javert. Es la época de la Revolución de 1830 en Francia. Esto vista en el escenario del Teatro Junín, es algo que nunca olvidaré.
Y dentro de mis aficiones folletinescas no podían faltar las aventuras, no tanto las de Sherlock Holmes; como las de Raffles, y Arsenio Lupin, dos ladrones famosos que me hacían soñar con escapadas pegado de las tablas de un vagón de tren a toda velocidad por las campiñas de mis necesidades inconscientes de irme contra toda autoridad. Escapar y reírme a carcajadas de policías que impotentes me veían desaparecer con mi botín. Una vez quise robarme un libro de la Biblioteca Piloto, que quedaba en la Playa con Girardot; para poner en práctica, mis recónditas aficiones de ladronzuelo. Cuando llegué a la salida, con el libro debajo de la camisa, fue tanta la vergüenza, que dije a la empleada:
- Señorita, me iba a robar este libro:
Los irisados colores que subieron a mis mejillas parece fueron tan intensos que la mujer, ya de cierta edad, que vigilaba; no pudo menos que lanzar una risotada y decir:
- “No vale la pena. Vuelva y déjelo en la mesa”.
Les juro que jamás volví a intentar nada parecido.
Vienen las inquietudes religiosas y me abandono a las peripecias psicológicas de Paúl Bourget, escritor olvidado en la actualidad, pero que era paladín de los convertidos. Abandonó el catolicismo en 1867, pero regresa en 1901 y en “Un crimen de amor”, el romanticismo místico, lucía con todas sus pompas y galas. Mi madre que sabía en las que andaba, no dejaba de recomendármelo.
Los avatares del despertar sexual y amoroso no se quedaron en veremos. Dos títulos fueron fundamentales y que, después en mis obras han salido a relucir con pelos y señales: “Conocimientos para la vida sexual privada” del Dr. Suárez Casañ y “Werther” de Goethe. El primero tenía que sacarlo a escondidas para poder leer acerca de los “Fenómenos sexuales”, “El Matrimonio y el Adulterio”, “El Amor Lesbio” y “Costumbres y Vicios Sexuales” y otros capítulos espeluznantes no sólo por las descripciones sino por los dibujos que adornaban las páginas amarillentas y con olor a pergamino. El segundo por ser un libro en el cual la frase aterradora era: “Con la pistola de Werther en la mano…” que presagiaba en eminente suicidio del enamorado frustrado.
Uno de los libros más recomendados por mi protector abuelo fue la novela “La Vorágine” de José Eustacio Rivera. Aún no había aparecido el fenómeno García Márquez. La película que realizaron los mejicanos sobre ella, fue la última que vio en su vida.
Mis lecturas iban pues desde libros de la más alta alcurnia, hasta folletines populares y revistas de todo tipo: “Rataplán”, “Billiken”, “El Peneca” y otras cuyo nombre no recuerdo que formaban parte de mi biblioteca personal.
De teatro, el impacto se sucedió cuando encontré en un tomo de las ediciones de la “Biblioteca Popular” la obra de Schiller: “Los Bandidos”. Su temática social, la revuelta comandada por un aristócrata renegado, y la necesidad de llenar espacios de lectura me atrajeron. De ahí en adelante solo puedo decir que soy un lector de cualquier cosa que se atraviese y pueda servir para conocerme y preguntarme sobre la historia y la condición humana.

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