viernes, 11 de septiembre de 2009

Esteban Carlos Mejía: Bibliomancia o la manía de los libros



Por. Esteban Carlos Mejía
Esteban Carlos Mejía. Medellín, Colombia (1953). Ex publicista de oficio, novelista de vocación. Columnista de prensa y presentador de televisión. Con el programa Especiales del Arte, del que era director y presentador, ganó en 1991 el Premio Simón Bolívar de Televisión, en Investigación Cultural. Su cuento “Cuestión de escrúpulos” (Gaceta, 1979), fue llevado al teatro, junto con textos de otros autores, por el Colectivo Teatral Matacandelas, entre 1982 y 1988. Mentirás al prójimo como a ti mismo, su opera prima, ganó el Premio Nacional de Novela Editorial Universidad de Antioquia, en 2000 (primera edición, marzo de 2001). I love you putamente es la primera novela de Trilogía de espaldas a Medellín. En la actualidad trabaja en la segunda parte de la saga, Esos besos que te doy.

Quiero aventurar, para intranquilidad mía y desasosiego de ustedes, una paradoja. Aunque llevo casi media vida tratando de definirme como escritor, aunque hoy en día vivo para escribir y escribo para vivir, la verdad es que soy un lector que escribe.
Primero fui lector. Primero soy lector. Leer es más fácil que escribir. Menos estresante, menos desagradecido. Escribir, pese a la fama, es un oficio ingrato. No importa cuántas horas te claves al computador, no importa cuántas notas tomes en tu libreta de apuntes o cuántas coyunturas, diálogos o escenas recopiles en tu memoria, no importa cuánta fe pongas en lo que escribes, no importa nada, al final del día, cuando estás a punto de rezar tus oraciones nocturnas, te sentirás incompleto, extenuado y vacío, en falta, aburrido, con ganas de tirar la toalla, colgarte de la brocha o pegarte un tiro. Simbólicamente, claro está. Siempre. De la ingratitud de la escritura, sólo te salva la plegaria sincera, frecuente y honesta.
Mis oraciones nocturnas son laicas. De rodillas ante mí mismo juro que consagraré la totalidad de mi alma a la literatura, con lecturas y escrituras nefelibatas y un torrente de oficio. Nefelibata soy y quiero seguir siendo. Nefelibatas somos aquellas personas soñadoras, que andamos por las nubes, pensando en los huevos del gallo o en el sexo de los ángeles, que viene siendo más o menos la misma cosa. Cuando este juramento, repetido en silencio una y otra vez, ha saturado mi mente, ruego a la Ignota Providencia que no me deje morir sin hacer mi obra, la que sea, mi obra, para la que imploro bendiciones sin par. “Que mi obra tenga”, pido en silencio, “originalidad, belleza, riqueza, armonía”. Y luego invoco para mí las virtudes de los dioses de mi panteón literario: paciencia, perseverancia, persuasión, método. “Déjame ser”, le imploro a la Anónima Providencia, “,un demiurgo innovador y de buen humor. Dame energía para que lo que escriba sea una revolución, una renovación, un renacimiento.” Metido en honduras, suplico creatividad, autonomía, iluminación, intuición, imaginación, inteligencia, suerte, amor y… muchos millones de pesos. Por lo general, al llegar a este punto, el sueño me acomete o me atropella o me embute en la otra realidad, la onírica, más vigorosa y visionaria y victoriosa que la vida ordinaria de la vigilia. Duermo en paz, pues.
Y llega un nuevo día, el nuevo día de cada día. Abro los ojos y, en vez de hacer lo que debo hacer (¡escribir!), me levanto y busco un libro para leer. Al azar. Mera bibliomancia.
El sufijo -mancia significa ‘adivinación’, ‘práctica de predecir’. Por ejemplo, ornitomancia es el antiquísimo y exactísimo arte de adivinar el futuro mediante el vuelo de las aves, gallinazos o golondrinas, gaviotas o azulejos. Cartomancia es ver el porvenir en los naipes, no de póquer, por cierto. Con la quiromancia, se puede predestinar el destino mediante la lectura juiciosa e inescrupulosa de las líneas o rayas de las manos. Todos o casi todos tenemos un arte adivinatorio propicio. El mío es la bibliomancia, o sea, adivinación por los libros.
En principio la bibliomancia consistía en abrir un libro al azar e interpretar el contenido de esa página, adaptándolo al contexto o a las circunstancias del momento. El bibliomante leía el primer párrafo de la página hallada y anunciaba su vaticinio. A veces, el libro se dejaba que el libro se abriera sin intervención humana. El viento o la intemperie se encargaban de pasar las páginas. O se tiraba el libro de cualquier manera, a ver cómo quedaba abierto. Sin embargo, los bibliomantes más certeros, entre ellos los emperadores Adriano y Claudio, únicamente se dejaban guiar por su inspiración y sabían abrir el libro en la página adecuada, con gran revuelo de los interesados y sempiterna fascinación entre quienes escuchaban sus interpretaciones.
Bueno, mi bibliomancia no es tan esotérica. Ni es recopilación de profecías. Ni de vaticinios. No busca anticipar el porvenir en esa palma de los libros, que son las páginas abiertas. Mi bibliomancia es, ante todo, exploración, indagación, escucha, auscultación de un saber no sabido. Un libro me lleva a otro libro. Y a otro y a otro y así sucesivamente.
La literatura es una suerte de re-creación, re-descubrimiento y re-presentación. Y también es re-conocimiento. “A través de ella sabemos que sabíamos lo que ignorábamos que sabíamos hasta que lo leímos formulado o representado o contado”1 O dicho de otro modo, igual de enigmático, la literatura es “una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía”. ¿Parece un galimatías? Ni tanto. Al leer una novela, por ejemplo, recreamos el mundo, la realidad de la que proviene ese material de ficción que nos apasiona. Lo recreamos y lo redescubrimos. Incluso nos lo representamos en el teatro de nuestra imaginación. Pero, sobre todo, al leer nos reconocemos en lo que leemos. No sólo porque nos resulten familiares los lugares en los que transcurre la acción o porque los personajes se parezcan a algunos seres de carne y hueso con los que hemos compartido un rato o una vida entera. Nos reconocemos porque al leer vamos descubriendo un saber no sabido, una masa de conocimiento que anida o anidaba en el interior de nuestra alma a la espera de la intromisión de la palabra escrita, de la todopoderosa letra.
Ahora bien, si ese reconocimiento ocurre mientras se lee, más, mucho más, al escribir. Dicho de modo laxo, leer y escribir forman parte de un mismo proceso. En mi caso, lo digo con la boca llena, leo para escribir y escribo para leer.
Con mi bibliomancia voy de un libro a otro, como un vagabundo o como un baquiano perdido en la manigua, salto de unas páginas a otras, traspapelado, pero seguro de avanzar en la dirección correcta o, al menos, precisa, aquella que me permitirá esclarecer dudas, cuestionar hipótesis establecidas, afirmar pensamientos o dilucidar sentimientos. Pero, ojo, damas y caballeros, ¡la bibliomancia no es un manual de autoayuda! Es una pesquisa interior, sin interrupción, sin afanes, sin obligaciones. No admite moralinas ni sociologinas: no hace concesiones a modas críticas ni a esperpentos académicos. Es, pues, una errancia bibliográfica, personal e intransferible, como ciertas tarjetas bancarias, sin fricciones ni apremios, sin requisitos ni religiosidad. Arranco con una obra, paso a otra y después a otra, de aquí a allá, en un encadenamiento sin fin. Parezco una adolescente, los dioses me perdonen la comparación: siempre quiero de lo que no hay. Al leer así, poco a poco mis incógnitas se despejan y las respuestas surgen de la nada. La bibliomancia es un arte sibilino, mucho mejor que el tarot o el I Ching.
¿Para qué me sirve? Aparte del enorme e inagotable placer que brinda leer como a uno le dé la reverenda gana, la bibliomancia ayuda a resolver las múltiples e imprevistas complicaciones que se presentan al escribir. Les pongo un ejemplo, a ver si exagerando me explico mejor.
Actualmente estoy escribiendo la segunda novela de mi “Trilogía de espaldas a Medellín”, que inicié en 2007 con “I love you putamente”. Esta segunda parte se llama “Esos besos que te doy” y gira alrededor del rebusque… el rebusque económico, moral, emocional, erótico, existencial, pues creo con firmeza que hoy en día en esta ciudad todos estamos al rebusque mientras no demostremos lo contrario. Pues bien, al promediar la novela, de la que ya sé casi todo, (¡sólo me falta terminar de escribirla!) empecé a preguntarme algo que debí haberme preguntado desde mucho antes: ¿qué es Medellín?, ¿qué clase de ciudad?, ¿en qué atmósfera vive y pervive y sobrevive? No tanto eso. Lo que empezó a afligirme hace ya casi un año, no fueron exactamente esas preguntas -digamos, antropológicas o sociológicas-, sino otras de índole más personal y más íntima y más literaria. ¿Cuál Medellín estoy escribiendo? ¿La Medellín parcial y fragmentada que conozco a medias? ¿La Medellín que imagino y sueño? ¿La que se ha ido acumulando en mi memoria y en mis huesos y en mis premoniciones? ¿Otra que quiero inventar para mi autosatisfacción? Como desconocía las respuestas -aún sigo sin tenerlas del todo-, me puse a leer, mera bibliomancia. Cogí el primer libro que encontré en mi mesa de trabajo.
Increíble pero cierto, no fue un libro de ficción. Fue El contrasueño / Historias de la vida desechable, crónicas periodísticas de Carlos Sánchez Ocampo, relatos brutales e incuestionables sobre los ñeros de Medellín, hombres y mujeres a los que la ciudad quiso dejar o dejó por fuera, “buenos para nada”, atornillados a la pobreza y sus dolores. Leí El contrasueño con el alma en vilo, apesadumbrado, vuelto pedazos. Todo me conmovió: el hospedaje en Guayaquil, las callejuelas oscuras y malolientes, la vida descalza, “fumar bazuco es fumar angustia”. Etcétera. ¿Era ésta la respuesta que buscaba? Quién quita. Pensé que debía leer más libros en esa línea. Encontré algunos en mi biblioteca, compré otros, presté la mayoría y los amontoné, listo para seguir. El azar, bibliomancia pura, me arrastró hacia la ficción. En vez de leer los volúmenes que había acumulado, pegué un salto mortal y me tiré de cabeza, sin ningún rubor, a Desde Rusia con amor, de Ian Fleming. O sea, sí, no hay equívoco, de las historias de desechables de Medellín pasé a James Bond, el agente 007, con permiso para matar. Enseñado a zigzaguear, no me extrañé ni me cuestioné, pues, la neta, confío en la bibliomancia más que en la academia o en la crítica literaria.
Al librarme de las garras de SMERSH, el siniestro departamento de operaciones secretas de la Unión Soviética, me puse a leer La pista de hielo, la más breve de las novelas de Roberto Bolaño, especialista en cachivaches de 600 o 700 páginas. La recóndita serenidad de esta historia me llevó, como en la movida de un caballo sobre un tablero de ajedrez, a otra libro aún más insólito, La misteriosa llama de la reina Loana, de Umberto Eco, sondeo sobre los recovecos de la infancia, todo desde la perspectiva de un hombre de ciudad que, por lo que sea, vuelve al campo. De ahí, sin más explicación que mi apetito desmedido por las acrobacias literarias, leí Veneno y sombra y adiós, último tomo de la trilogía Tu rostro mañana, de Javier Marías, y luego, más extravagante todavía, me tragué los dos tomos de Servidumbre humana, de Somerset Maugham. Y ya convencido de que volar sin red es volar de verdad, me devoré dos novelas policíacas, El demonio vestido de azul y Mariposa blanca, de Walter Mosley, en las que su protagonista, el querido Easy Rawlins, lucha contra el racismo, la injusticia social y la pobreza en Los Ángeles, ese hervidero de codicia y cemento que tanto gusta en Medellín.
En este punto, alguien podrá decir, no sin razón, “Este man, Esteban Carlos, está chiflado. Quería resolver unas supuestas dudas metódicas de la novela que está escribiendo, una vaina sobre el rebusque a Medellín, pero en vez de aprovechar el tiempo para investigar, documentarse, empaparse de la realidad de las comunas, loma arriba y loma abajo, experimentar, acopiar vivencias, se puso a leer pendejadas sin ninguna relación con las realidades de Medellín.” El que calla, otorga. Porque peor la cosa con la novela que leí a continuación, El cazador en el centeno, de J. D. Salinger, ícono de adolescentes, obra maestra de la literatura norteamericana. La bibliomancia es así: no tiene bordes ni códigos morales ni normas estéticas. Leo por placer y leo para escribir.
Dejé a Holden Caulfield, el muchacho de El cazador en el centeno, y me puse a leer una novela rara, El hombre lento, de J. M. Coetzee, ese escritor surafricano que hurga en el alma humana con sevicia y precisión. Me conmovieron la crudeza de la historia y su final sin esperanzas. Pero sin vacilar, bibliomante enardecido, brinqué a Cartagena de Indias y me hundí en El amor en los tiempos del cólera, de Gabriel García Márquez, con una lectura intratextual, detallada, obstinada, que me enseñó más sobre el coito y sus secuelas que las dos obras que leí después, siempre con mis preguntas a flor de piel, Estambul, de Orham Pamuk, y 2666, de Roberto Bolaño, su inmensa y, varias veces, incomprendida obra póstuma. Fue como ensamblar dos dimensiones en una, antípoda con antípoda, Estambul y su perenne declinar, y Santa Teresa, trasunto de Ciudad Juárez, con sus mujeres violadas y muertas por decenas.
¿Y ahora qué leo?, me pregunté, de ocioso. En la búsqueda del saber no sabido que requería (o requiero) para acabar de componer mi novela Esos besos que te di, tuve de pronto la necesidad de repetirme. Así, después de reconocerme en las 1.125 páginas de 2666, fui a enredarme con las peripecias de un columnista y su hermana en Rojo, de Pamuk, otra novelaza de Estambul. En la bibliomancia se reflexiona a medida que se lee, todo es uno, uno es todo, leer y especular al mismo tiempo. No ha de extrañar, por tanto, que de los vericuetos políticos e intelectuales de Pamuk saliera en busca de algo cruel y desalmado. Un libro lleva a otro, ya dije y no pararé de insistir. Me topé, pues, con Meridiano de sangre, de Cormac McCarthy, y sentí miedo líquido y pavor y ganas de salir corriendo para no dejarme absorber por la ferocidad de esas páginas, reveladoras, mejor dicho, síntesis de grandes verdades literarias: el poder de la insinuación, la fuerza de la reiteración, la gravitación de lo interminable, las ganas de seguir leyendo, de no parar jamás, de volver al primer párrafo después de cruzar el punto final de la última página. Fue inevitable: necesité leer otra novela de McCarthy, La carretera, más miedosa aún, más tenebrosa, más insondable.
Decidí hacerle cada vez más caso a la ilusión de la bibliomancia y di otra voltereta descomunal: releí La muerte de Artemio Cruz, de Carlos Fuentes, que esta vez me pareció el mapa de una ruta ya reconocida por mí, a mi manera. De México salté al Paraguay, al Chaco ardiente, con sus guerras interminables y sus sedientas batallas de sangre (o sangrantes batallas de sed). Hijo de hombre, de Roa Bastos, me hizo entender la coherencia de la trama, la importancia de no alejarse del espíritu de la obra, virtudes que hallé, elevadas a la enésima potencia, en Yo el supremo, del mismo Roa Bastos, que releí de corrido, boquiabierto, como si fuera la primera vez. Cuando terminé de leer esas páginas, basadas todas y cada una en testimonios históricos o antropológicos, me sentí lleno de gozo e inspiración, tuve ánimos para seguir escribiendo la segunda novela de mi trilogía, que era lo que me había propuesto al iniciar el recorrido aleatorio de mi bibliomancia. Es más, tuve tantos ánimos que di un último salto mortal. Releí por tercera vez (no la última, dioses mediante) la novela que debí haber releído antes que todas: Tres tristes tigres, de Guillermo Cabrera Infante, el inclasificable Caín. Y de ahí, sólo necesité agacharme un poco para deslizarme hasta las sombras de La Habana para una infanta difunta, del mismo Caín, con la que entendí, ¡al fin!, que Medellín -el Medellín que estoy escribiendo- no es otra cosa que una ciudad de transfiguraciones, ni más ni menos.
Ahora me parece obvio. Pero sin todas estas lecturas no lo habría podido comprender con la certeza con que hoy lo comprendo. Hace un año no podría haber escrito lo que ahora escribo. Parece obvio, repito, aunque la cosa no es tan fácil. Hace un año sabía muy poco, por no decir “nada”, de Estambul y de los meridianos de sangre y de los hombres lentos y las infantas difuntas. Sabía menos de fiebre y lanza y baile y sueño y veneno y sombra y adiós. Tuve que leer al azar para poder saberlo con convicción. Tuve que volverme un bibliomante, lector sin brújula, indolente, si ton ni son, ingobernable como un borracho. Tuve que leer estos libros de los que someramente, muy someramente, he hablado para poder intuir a cabalidad la verdad que ya sabía antes de dominar el arte de la adivinación con libros: “si tengo una vaca, esa vaca me ordeña”. O dicho de otro modo, igual de ambiguo e impenetrable: la literatura es una forma de saber que se sabe lo que no se sabía que se sabía.
Dios los bendiga, pues.

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